Había una vez un pueblo donde las palabras no dichas y los silencios pesaban.
Las quejas caían como piedras, los miedos se pegaban a la piel y las tristezas se acumulaban en los rincones de las casas, como polvo que nadie se animaba a barrer.
En ese pueblo vivía Alma, una persona pequeña de estatura pero enorme de corazón. Tenía un don especial: sabía acompañar lo que dolía sin rechazarlo.
Cada vez que algo difícil aparecía —una discusión, un recuerdo doloroso, un “no puedo”, un “ya es tarde”— Alma respiraba profundo y decía con ternura:
“Te como a besos.”
La primera vez que lo hizo fue frente a una pena enorme. Pensamientos que la mataban. La pena tembló. No estaba acostumbrada a que no la rechazaran. Alma se acercó, la abrazó, y beso a beso la pena se volvió aprendizaje. Donde antes dolía, ahora había comprensión.
Luego vino la rabia, con los puños cerrados y la voz alta.
—No me mires así —gruñó.
Alma no discutió. Simplemente repitió:
“Te como a besos.”
Y la rabia, desconcertada, se derritió en fuerza para poner límites sanos.
El miedo intentó esconderse bajo la cama. La tristeza se coló en los ojos de la gente. El fracaso gritó que todo estaba perdido.
A uno por uno, Alma los fue encontrando, y a todos les ofreció lo mismo: presencia, ternura y besos sinceros.
No eran besos mágicos por sí solos. Eran besos que decían “te veo”, “te acepto”, “no te voy a pelear”.
Con el tiempo, algo cambió.
Las sombras del pueblo se volvieron refugios frescos.
Las heridas se transformaron en historias que enseñaban.
Las despedidas abrieron espacio para nuevos encuentros.
Y la gente aprendió la consigna.
Cuando algo dolía, ya no huían.
Cuando algo asustaba, respiraban.
Cuando la vida se ponía dura, sonreían un poco y decían, como quien recuerda un secreto poderoso:
“Te como a besos.”
Y así, lo negativo no desapareció…
pero se transformó.
Porque incluso lo oscuro, cuando se ama sin miedo, aprende a brillar.